Todo empieza
con el pan.
Un pequeño gesto. Una gran pasión.
Una casa de campo, un padre y su hijo, el aroma del pan recién horneado. Las raíces de Cesarino están en el Milán de principios de los años cincuenta.


El aroma del pan recién hecho
El aroma del pan recién hecho subía en remolinos por el patio de la casa de campo y las casas con corredores de las afueras del Milán de principios de los años cincuenta. Cada día, hacia las cinco de la mañana, aquel aroma casi tangible llenaba los espacios y la imaginación de quienes aún dormían o estaban a punto de empezar el día.

El oficio más bonito del mundo
Antonio y su hijo Cesarino, de diez años, tras encender los hornos y hornear el pan preparado la noche anterior, iban llenando las cestas de mimbre para el reparto. Al terminar la última cesta, Cesarino subía a casa para tomar una merecida taza de leche, en la que mojaba el pan caliente recién horneado. Se lavaba la cara, cogía los libros y se iba andando a la escuela.
Le encantaba estar con su padre, su héroe generoso que hacía pan para todos y le contaba los secretos de lo que, para él, era sin duda el oficio más bonito del mundo.

Pan hecho con amor
Muy pronto Cesarino empezó a ayudar a su padre también con la masa. Fue en aquellas noches cuando probó a mezclar distintas harinas y a darle al pan una forma más personal, colocándolo sobre su bandeja hasta llenarla. Con aquel pan hecho con amor, a la mañana siguiente llenaría una pequeña cesta para llevarla al subir a casa, dejando un poco en la puerta de cada vecino, según sus necesidades.

Un nombre, un sabor
Un pan de sabor exquisito, crujiente y tierno a la vez, que desprende un aroma intenso y deleita el paladar. Pronto todos empezaron a llamar a aquel pan delicioso «il Cesarino».
«Pronto todos empezaron a llamar a aquel pan delicioso “il Cesarino”.»Descubre la carta
Tu próxima pausa
se llama Cesarino.
Tres direcciones, la misma pasión por lo bueno.
